Alumna de la Facultad de Comunicación
La mañana es oscura, el aire sopla fuerte y el frío puede ser percibido con tan sólo ver a las hordas de personas caminar abrigadas por la calle. La llovizna mañanera, típica de los meses fríos, aún continúa haciendo de las suyas, mojando transeúntes y coches.
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El "López Mateos" |

Se respira desesperación, confusión, enfermedad y muerte. ¡Huele a muerte!
Han pasado 30 minutos desde que Rosario Lecumbe llegó.
A diario llega muy tempranito al Hospital del ISSSTE, a las seis de la mañana, para
visitar a Jaime Lecumbe, su esposo enfermo de 67 años. Rosario, siete años
menor que él –bajita, ojerosa y con un aliento a estómago encerrado–, viste pantalones
gris oscuro, chamarra verde militar, bufanda parchada y zapatos blancos, casi
negros por el uso, con varios hoyos y una suela visiblemente desgastada. Casi a
diario porta las mismas prendas, su miseria la delata.
En el piso tres, en la tercera cama de un cuarto
compartido con enfermos terminales, se encuentra don Jaime. Una sonda conectada
desde su nariz hasta el intestino cubre parte de su amarillento y débil rostro.
La sábana blanca tapa su cuerpo cadavérico para evitar que el frío cale su
desnutrida figura. Su semblante es triste, sus ojos entrecerrados parecen
mostrar el arrepentimiento de una vida sin sentido. Don Jaime había sido
internado, días antes, a causa de una encefalopatía hepática que, ciertamente,
lo estaba consumiendo.
Estaba atado a la cama, inmovilizado. Alucinaba y
deliraba. Por miedo a que se arrancara la sonda alimenticia que lo mantenía con
vida, los doctores colocaron bandas en sus muñecas, cadera y tobillos para
evitar que se despojara de ella y empeorara su condición. Con esos grilletes
resultaba imposible que el viejo enfermo alcanzara el tubo.
Ahí estaba yo, pretendiendo ser una doctora más del
lugar. Una bata de color blanco cubría mi ropa y una actitud de seguridad
escondía mi miedo e incertidumbre. Los sonidos palpitantes de las máquinas de
infusión continua estaban provocándome desesperación, sudar frío. Por momentos
quise salir corriendo del lugar.
Ningún doctor notó mi presencia, tal vez creían que
era una pasante nueva. Mi hermana, parte del equipo de apoyo nutricio, me traía
como aprendiz por todos los cuartos del hospital: revisando pacientes y
expedientes. En realidad, era yo un alma desgarrada dentro de un cuerpo
tembloroso.
El cuarto de don Jaime es el peor, vibra la muerte.
La de él y la de los tres enfermos “en la antesala”. Doña Rosario, con expresión
vacía, lo acompaña. Un silencio sepulcral reina mientras el doctor Olea, frío y
distante, expresa su preocupación. A pesar de que el paciente está inmovilizado
y casi inconsciente, cada día que pasa, los doctores lo encuentran con la sonda
desconectada.
–No sabemos qué pasa, pero don Jaime continúa
quitándose la sonda y ya gastamos demasiadas. Es imposible que él sea quien se
la arranque, ¿tiene usted idea de qué está pasando aquí?”– le preguntó el
doctor a Rosario. Ella sólo mira a su esposo, parece que con rencor.
Todas las jornadas son iguales para Jaime y
Rosario. Él, amarrado a su cama; ella, visitándolo con hartazgo. Enfermos
entraban y salían del HRLALM, pero él ahí seguía. Llevaba un mes, un mes de
sondas, retroceso y misterio.
Un mediodía
cualquiera, saludé a Rosario. Me ofreció un pedazo de su pan dulce. Hice cara
de desapruebo pero ella, con insistencia, hizo que cediera y comiera del pan,
bastante bueno, por cierto. Tomamos juntas el elevador, estaba vacío. Conversamos
en el trayecto y yo sólo pensaba en la suerte que habíamos tenido, generalmente
había que usar las escaleras porque el ascensor estaba saturado de doctores y
pacientes.
El doctor Olea la esperaba en la puerta. El enigma
parecía resuelto. La metió al cuarto, pasaron varios minutos y finalmente ella
salió sollozando. El doctor la enfrentó, la puso contra la pared y no le quedó
de otra más que confesar su culpa. Tras años de maltratos y abusos con un
marido alcohólico y golpeador, doña Rosario no quería más
que verlo morir. Ella reveló haber entrado todos los días mientras el cuarto se
encontraba vacío y tras rezar para pedir perdón, se acercaba lentamente a la
cama de su esposo para desconectar la sonda y apresurar su muerte que tanto
anhelaba. Desgraciadamente para ella, siempre había una enfermera que
encontraba al paciente desconectado y delirando, dispuesta a salvarlo. A diario
él vivía golpes en su corazón, rasguños en el alma.
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