Así escribo: Los silencios que hablan

Por: Diego Fernandez

“Lo demás es silencio”
-William Shakespeare, La Tempestad
Los escritores escriben para los otros: ¿para los otros?; ¿para los que leen? Los escritores publican los libros o escriben sus artículos con el objeto de que éstos sean leídos, esto nunca lo hacen con ese egoísmo pactado de plasmar el sentimiento en la palabra solamente para sí mismos.



Así escribo: Les confieso que tengo un anecdotario personal que jamás público, le llamo “Psicólogo gratuito”. Ahí escribo mi vida cotidiana, mis anécdotas del día: Una frase o, si las musas me poseen, hasta cuatro cuartillas o más. Este tipo de textos jamás los publico, jamás –espero– llegarán a las manos de un lector que no sea yo mismo. Usted puede creer que es egoísmo, yo lo llamo intimidad literaria, ética profesional por parte de Psicólogo Gratuito. Ahí escribo para luchar contra mi reflejo, para enfrentarlo, para realizar mi autoanálisis que siempre conlleva a la autocrítica. Psicólogo Gratuito me ayuda para exorcizar estos demonios que a veces me poseen. Escribo la intimidad –mi intimidad– con el objetivo de dejar esas palabras perdidas en algún recodo de mi escritorio, para que no regresen nunca más –aunque sé que volverán– y me recuerden lo que yo he decidido olvidar. Olvidar no por mi mala memoria, sino por mi memoria. Creo que escribir es importante, esto lo aprendí después de que un sabio me dijera con acierto: “Vale más la más tenue de las tintas que la más brillante de las memorias”.
No hay duda. Es un torrente de energía lo que nos lleva a describir un pasado, un presente o un futuro en dos o tres cuartillas. Es un llamado fantasmal lo que nos lleva a plasmar una idea dentro de un mundo que se asemeja a la realidad. ¿Escribimos para recordar o recordamos para escribir? Quién lo sabe, pero el acto de la escritura nos engrandece como seres humanos, perpetua la memoria y hace que creemos con la tinta y el papel un mundo que se asemeja a la realidad que percibimos y que alteramos con la imaginación para dar vida a otros mundos, a otras realidades.



Todos los lugares son propicios para la escritura: una estación del Metro, la sala de la casa, el estudio, un avión, un cafetín, un cubículo bibliotecario, una banca del parque más cercano al instante. El acto de la escritura es maravilloso, único, indispensable para el ser humano. Escribimos como si estuviéramos varados en un desierto que de día es ardiente y de noche es gélido.
Dicen por ahí, que no hay nada peor para el escritor que una hoja en blanco. Yo no le temo a la hoja en blanco, porque los temas los encuentro en la vida, en mi cotidianidad. Escribo frente a mi ventana, con pluma fuente porque me declaro un conservador vicioso y ensalzado, pero actualizado en un mundo virtual que es mi computadora. Al sumergirme en el acto de escribidor, tengo vista hacia la nada, hacia el cielo, hacia una pared de ladrillos rojos que me deletrean y ese tanque de gas del vecino que me recuerda el peligro de la explosión, peligro al que no le temo, pues lo entiendo como una posible explosión literaria. De vez en cuando, me es inevitable encender un cigarro (cuando mi e-cigarrete se ha quedado sin batería), tomo una taza llena de un café que puede ser una mezcla artesanal de Xalapa-Chiapas o un Lavazza intenso. El café –mi café– siempre va sin azúcar, negro y lo más cargado posible (a veces con un chorrito de leche espumosa). A veces, mis musas llegan después de esa inspiración que sólo pueden proporcionar una taza de café y una cajetilla de cigarrillos. Otras veces, la inspiración llega tan sólo con charlar con el prójimo. Desde que leí la fábula de Monterroso, El mono que quería ser escritor satírico, mi concepción de la creación literaria ha cambiado: ¿La literatura sólo se puede crear por medio de literatura? Yo no lo creo.  



Escribir es la mejor forma de expresar lo que la boca calla, porque a veces la mejor forma de hablar es el silencio, el silencio que nos hace hablar a los silentes. Esto lo digo como quien dice una paradoja, porque yo hablo hasta por los codos (mi gran defecto) y me importa muy poco –casi nada– lo que el mundo pueda decir y opinar de lo que digo. He aprendido a vivir sin renconres, sin esa pesadísima loza que algunos apodan Elquédirán.
“Deja que te hable también con mi silencio”, dice Pablo Neruda en uno de sus versos compendiados en Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Neruda escribía con tinta verde, porque dicen que le recordaba el color de los bosques chilenos. Yo prefiero la tinta negra, porque me recuerda que, la mayoría de las veces, las palabras son obscuras, pero en su obscuridad hallo la luz que ilumina mis textos. Las palabras tienen en sí mismas un delirio que debemos diseccionar en la obra que trazamos en los libros que escribimos, que escribiremos, que nos escribirán. Una humilde opinión para quien pretende escribir: Escritor, no construyas tus textos, destrúyelos tú mismo. Después del Caos viene la Creación.



De vez en cuando hablamos con la mirada, con la inexorable idea de que el corazón hable por nosotros por medio de las ventanas del alma, de la creatividad, de la imaginación.
Escribimos para callar bocas, para llenar huecos, para saturar los silencios que nos embargan el espíritu. Un universo nace cuando alguien toma la pluma y traza un instante perdido en la imaginación, en el recuerdo. Escribimos para liberarnos, para buscar en los recodos más distantes de la memoria un pasaje que nos ayude a curar el alma, transcribiendo lo que vemos en la imaginación, lo que es una certeza ficticia, una mirada a un pasado remoto que nos dicta lo que el mundo quiere leer o lo que nadie quiere escuchar. Al escribir conversamos con los lectores. La lectura es una conversación constante con el autor de la obra, con los personajes de su ficción, de su ensayo, de su poema. Leer es revivir personas que probablemente ya están muertas, pero que siguen aferrados a la eternidad de la lectura. Cervantes está vivo, pero Quijote lo ha rebasado.



Escribimos para recordar, sin duda. De cuando en cuando la escritura se busca para sanar el alma que grita silenciosa en nuestro mundo, en nuestra realidad creada por medio de la indispensable literatura que entra en nuestra vida para hacer de ésta una novela irresoluta que no buscamos resolver, sino dejamos que corra como el agua que es el tiempo poroso que se nos va de las manos.
Escribimos para rehacernos, para renacer del polvo que somos y rebasar así los límites del olvido, los temores que dejamos escondidos entre las líneas de un poema, entre los pasajes de una prosa que no sólo cuenta una historia, sino que revive las eternidades incumplidas de un amor cínico que nos dejó hace ya algunos meses.



Cuando nos da esa trastorno lúdico de sentirnos escritores y colocamos las palabras con la insoportable precisión de quien teje una bufanda –como un trabajo artesanal–; cuando uno quiere escribir algo para llegar al más recóndito resquicio del otro, sabe, de buenas a primeras, que lo que se dice puede ayudar a curarnos, como una aspirina, o por el contrario, puede lastimarnos como lo haría una daga. ¡Qué suerte tienen los introvertidos que saben callar cuando deben callar y que sólo abren la boca en los momentos cruciales de su destino! Personas sabias, sin duda.


No hay peor golpe que una palabra bien dicha. Hay que tener cuidado con lo que se dice, porque el mundo da vueltas alrededor de las palabras, porque, según un texto religioso, una deidad creó el mundo con la poderosa, con la inasible, con la manoseada, con la imprescindible palabra. ¡Dichoso el que encuentra su dicha en las letras! ¡Dichoso el que encuentra la sabiduría también en su propio silencio! ! ¡Dichoso quien tenga el hábito de la lectura! ¡Dichoso quien a aprendido a leer a los otros, a los que están próximos a nosotros! ¡Dichoso aquel que ha aprendido a leer la vida!





Por: Diego Fernandez
Contacto: Facebook: https://www.facebook.com/fernandezgomezdiego/?fref=ts Twitter: @DFG_Diego Semblanza: Diego Fernández Gómez es mexicano, habitante y ciudadano de un gran ser del que está enamorado. Diego se define como un primate en proceso de evolución; humano, la mayoría de las veces. Hoy por hoy posee puras creencias; anda en la búsqueda saberes y está famélico de conocimientos. La lectura es su consuelo, la escritura es su ejercicio para seguir viviendo.

2 comentarios:

  1. Me gustó mucho el artículo y las imágenes que se utilizaron. Es muy interesante de lo que se habla.

    ResponderEliminar

Con tecnología de Blogger.