Alumna de la Facutad de Comunicación
Por motivos de confidencialidad, hemos decidido llamar a nuestro protagonista Paco, un joven que, con un pasado tormentoso, decidió tomar una alternativa “temporal”: un camino en el que poco a poco fue adentrándose en un mundo de ficción, alucinaciones e irrealidades. Bienvenido al mundo de las drogas.
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Cuando
a Gaby se lo presentaron, Paco no fumaba ni ingería alcohol porque era jugador
de futbol y tenía grandes aspiraciones para llegar a Primera División. Si
tomaba, era una cerveza, máximo dos. En 2006, se integró al grupo Los
Borrachos, siete u ocho muchachos que se “perdían” de jueves a domingo. Todos,
menos Paco.
En
2007, al cumplir los dieciséis años, Gaby se hizo novia de Jorge, uno de ellos,
y me cuenta que armaban tremendas fiestas. “Yo les presenté a mis amigas, de
ahí todos los fines de semana salíamos, ¡y era a morir!”, recuerda.
Renata,
otra de las novias del grupo, confiesa: “Nos podía amanecer en una borrachera,
y al día siguiente, ¡preferíamos conectarla!
Cualquier cosa era buena para evitar la cruda y seguir con la fiesta”.
Un
día, llegaron Piero y su hermana Tiaré. Normalmente, sólo ellos se drogaban,
tenían un dealer que les ofrecía una
gran variedad para probar. Pero esa vez, llevaron mota. Ahí fue cuando, poco a
poco, el grupo entero empezó a fumarla. “Que un churro, que otro churro, que de
pipa, que no se qué”, dijo Renata, haciendo memoria de los “buenos tiempos”.
Paco
no sabía lo que le esperaba, y mucho menos ese día, en que le presentaron a
Mariana. De padres divorciados ––ella, esquizofrénica; él, siempre ausente por
viajes de trabajo a Japón, China e Indonesia––, Mariana se fue desviando de
rumbo. El dinero no era problema, pues con tal de mantenerla quieta, le daban
el que quisiera. Así que Mariana era quien financiaba las drogas, y Paco fue
enamorándose perdidamente.
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“Supongo
que Paco y Mariana se identificaron. Tenían historias parecidas y él la vio
como un apoyo”, señala Renata. A raíz del divorcio de los padres de Paco, su
núcleo familiar se desintegró. Su padre se mudó a Querétaro; su madre sufrió un
accidente que la condenó a vivir en silla de ruedas; y su hermano Humberto,
esclavo de su ocupación como militar, vivió a expensas de donde lo mandaran a
servir las Fuerzas Armadas.
A
Paco le afectó demasiado la irresponsabilidad de su padre, quien perdió su
empleo, acrecentó sus deudas y, tras endrogarse también en la escuela de Paco,
provocó que lo expulsaran en definitiva. A menudo, le hablaba por teléfono a su
hijo para pedirle dinero, que obviamente no tenía, para poder mantener su
adicción al alcohol. Cada llamada culminaba en un pleito en el que afloraban
los resentimientos. Recuerda Renata las palabras de Paco: “¿Por qué habría de
preocuparme por él si jamás lo hizo por mí?”. Dolido por el abandono y el
cinismo de su padre, Paco se desentendió de él y viceversa. Era un círculo
vicioso, pues no había forma de vincularse.
Humberto,
su hermano, era otra historia. “Patán, mujeriego… ¡Estaba loco!”, exclamó Gaby.
Irónicamente, como militar quemaba los plantíos de marihuana que encontraban
los federales, pero jamás logró darse cuenta de que su hermano menor comenzaba
a consumirla.
En
2009, por el servicio militar, Humberto fue transferido a Monterrey y decidió
llevarse a su madre para cuidar de ella. Paco quiso quedarse en la Ciudad de
México, viviendo como nómada de casa en casa por un tiempo, hasta que Rodrigo,
su mejor amigo, le ofreció vivir con él y con su madre que, según Renata, más
de una vez llegó ebria al departamento.
Dicen
las lenguas que la mejor faceta de una persona es cuando está enamorada. Para
Paco, sin embargo, no fue así, pues el amor que le tenía a Mariana, lo condenó
a la irrealidad. Comenzó a tomar desenfrenadamente, a fumar cigarrillos y
marihuana, y finalmente se convirtió en drogadicto. “Fue cuestión de tiempo”,
sentenció Gaby.
·
A
Piero y a Tiaré se les ocurrió una gran idea. ¿Por qué no irse a Oaxaca unos
meses, sin plan, sin lugar donde quedarse y sin conocer a nadie? Después de
todo, ninguno tenía nada que lo atara y el panorama de playas vírgenes, hermosa
vegetación y la posibilidad de drogarse a diario, hacía que la idea de mudarse
a Mazunte no sonara nada mal. Seducidos por el proyecto, Mariana y Paco se
unieron a los hermanos. También Rodrigo, el mejor amigo de Paco. Los cinco se
embarcaron en la aventura que llevaría a nuestro protagonista a la perdición.
El plan, sin embargo, dio un giro. No fue Mazunte donde vivieron, sino en un
destino más atractivo: Playa del Carmen.
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A
los veinte años, en 2009, Paco todavía tenía la ilusión de juntar lo suficiente
para poder concluir los estudios que había dejado pendientes. Irse a Playa del
Carmen era la oportunidad para ahorrar. “Si ganaba en dólares, juntaría el
dinero más rápido”, recuerda Gaby.
La
banda completa consiguió trabajo. La Cueva del Chango, un restaurante-bar de
comida mexicana, se convirtió en el segundo hogar de Paco. Entre todos rentaron
una casa y los cinco formaron una nueva familia. Para entonces, además de fumar
marihuana y tomar alcohol, comenzaron a ingerir el éxtasis, la droga mejor
conocida como “tacha”, con una “X” marcada en el centro de la gragea como si
por medio de esta “X”, como en una aventura de piratas, fueran a encontrar un
tesoro.
A
los pocos meses, se incorporaron al clan Poncho y Hannah, argentino y alemana,
una pareja que compartía algo en común: eran adictos al LSD y a la cocaína.
“Aquí es cuando se pone buena la cosa”, apunta Renata. Paco añadió estas nuevas
drogas, sin esfuerzo aparente, a su lista de adicciones.
“Todos
los días se drogaban. Se aventaban un coctelazo
de todo, y los fines de semana, le metían al alcohol también”, asegura Gaby.
Vivían una especie de sueño, como si nada tuviera consecuencias, como si su
cuerpo fuera de un material inmune.
·
Mariana
fue la primera en reaccionar. Se dio cuenta que su futuro estaba en México y
decidió regresar para no volver. Paco fue el que pagó el precio.
A
los pocos meses, Rodrigo y Paco retornaron también. Sin novia, con el corazón
hecho pedazos, sin un quinto para retomar sus estudios y con sus anhelos
destruidos, a Paco sólo le quedó la adicción que cada vez lo consumía más.
Hubo
otra sorpresa. Los amigos a los que esperaban volver habían cambiado para
convertirse en jóvenes universitarios que habían dejado atrás el relajo por
nuevos proyectos para construir un futuro estable. El grupo de Los Borrachos se
había desintegrado.
El
reencuentro terminó en peleas, al borde de la violencia, cuando el bando de
Paco, sumergido en una niebla de droga, llevó al extremo la diversión,
convirtiendo en modo de vida las drogas, las mujeres, el sexo, el alcohol y la
ausencia de límites. “Siempre veías a Paco por todos lados, hiperactivo,
ahogado en alcohol, completamente intoxicado y con la mirada perdida”, admite
Renata, con los ojos ausentes al revivir las escenas tatuadas en su memoria.
Cada
vez la necesidad era mayor. No poder satisfacer su adicción empezaba a generar
conductas arrebatadas y decisiones precipitadas. En 2010, Paco y Rodrigo,
cegados por la droga, optaron por aventurarse una vez más, y regresaron a Playa
del Carmen, la ciudad que les abrió de par en par las puertas de su infierno.
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Poncho
y Hannah reaparecieron en el mapa. Paco y Rodrigo fueron recontratados en sus
antiguos trabajos y, al faltar los demás integrantes de la familia (Piero,
Tiaré y Mariana), no era necesario buscar una casa. El departamento contiguo
del que habitaban el argentino y la alemana se desocupó y, como si las drogas
buscaran la manera de regresar a ellos, el destino los condujo a una cercanía
inevitable.
“Era
impresionante. Despertaban con un porro en la boca. Se turnaban los días para
irlas consumiendo y cuando salían de antro, era peor. Los pericazos eran “para aguantar” las desveladas. Durante el día, era
marihuana y cuando querían cambiarle, para no caer en la rutina, eran tachas o
ácido”, declaró Gaby con una expresión en el rostro que revelaba su
incredulidad ante sus propias palabras.
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Han
pasado dos años y nadie sabe con exactitud qué ha sido de Paco y de Rodrigo.
Gracias a las personas que mantenían contacto frecuente con ellos, se ha podido
reconstruir a manera de rompecabezas dónde están hoy.
Se
sabe que en 2011 regresaron al departamento de la madre de Rodrigo en
condiciones fatales: esqueléticos, consumidos y demacrados. Cuentan que Rodrigo
pudo retomar sus estudios y tiene novia. Se dice que está un poco más estable,
pero que sigue fumando marihuana.
En
cuanto a Paco, la novia de Rodrigo le presentó a una amiga suya, Thalía, que es
modelo, y él está trabajando en un restaurante de comida italiana. Entre lo
poco que gana él y lo mucho que gana ella, compran comida, pagan una renta y lo
demás es para adquirir drogas.
Al
parecer, Paco lleva una doble vida. Durante el día, trabaja largas horas para
juntar el dinero suficiente para mantenerse. Llegada la noche, al salir de
trabajar y metido como en un personaje de ciencia ficción, al estilo del doctor
Jekyll y el señor Hyde, regresa a
casa para consumir toda la droga que necesita para satisfacer la adicción de la
que es esclavo, hasta quedarse dormido.
“Paco
siempre ha sido soñador. Te dice ‘yo me voy a ir a las islas no sé qué, voy a trabajar en un barco’. Pero nunca hace nada para
perseguir sus sueños. Y mientras no deje las drogas, no lo va a hacer”, comentó
Renata.
Gaby,
tras un suspiro y una bocanada de aire fresco como para recobrar fuerzas para
articular las palabras, finalmente me dijo: “Para ellos, drogarse era porque
estaban chavos, porque estaban en el relajo, porque era para el ratito, para
divertirse, que era momentáneo. Pero pues, ese momento ya se les alargó
demasiado…”.
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